jueves, 13 de noviembre de 2008

LOS AMOS DEL MUNDO


Mi amigo Pello me ha mandado un artículo de Arturo Pérez - Reverte, tan bueno como todo lo que escribe, pero con la particularidad de fue escrito hace diez años aunque parezca que lo hizó ayer. Y es que, mientras los economistas son buenos analistas del pasado, los escritores construyen futuro para interpretar el presente.

LOS AMOS DEL MUNDO
Arturo Pérez-Reverte
(Artículo del escritor español Arturo Pérez-Reverte, publicado en 'El
Semanal' el 15 de noviembre de 1998)
Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará
en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda
electrónica, en la tecla antro del computador, su futuro y el de sus hijos.
Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro
en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma
cero cuatro.
Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una
ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster
en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall
Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan
de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de
neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan
a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día
menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas
con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese
a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el
dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque
siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones
fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía
productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con
humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al
carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los
avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos
internacionales con siglas de reconocida solvencia.
Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión
de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio
euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la
aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo
que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la
segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no
se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene
que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle,
todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias
oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y
que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de
verdad.
Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos
especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial,
muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios
eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban
con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.
Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios
que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen
directamente sobre las espaldas de todos nosotros.
Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son
colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de
emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de
la Bernarda.. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad
mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de
trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los
millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan
cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de
países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de
especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los
amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto
neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta
poca vergüenza.
IMAGEN PAVEL KAPLUN

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