lunes, 22 de mayo de 2017

DESPUÉS DE COLGAR LAS BOTAS








Prácticamente un año, trescientos sesenta y cinco días o doce meses, como se prefiera. Cuatro estaciones sin publicar un post en este viejo amigo que es mi blog, pero todos pasan sus crisis de identidad digital y yo no iba a ser menos.
¿Por qué regreso?
Puede ser que haya sobrevivido a la crisis si es que alguna vez ha existido.
Puede que necesite expresar mis pensamientos en algún oscuro rincón virtual.
No creo que sea una cuestión de narcisismo digital aunque vaya usted a saber.
Lo más probable es que mi cambio de status haya influido y es que he colgado las botas y eso no sólo te hace ver las cosas con perspectiva, sino que además te da un plus de libertad a la hora de decir lo que uno piensa.
No es que me haya tragado muchas cosas hasta ahora. Desde pequeñín ya me hablaban de mi cualidad para “hacer amigos”, es decir para hacerme incomodo gracias a mis opiniones poco recatadas. Pero si es cierto que mi nueva condición me hace un poco más libre y de ahí la refundación de este blog que, siguiendo la practica habitual en los medios, se anuncia bajo el epígrafe de “segunda época” como se puede ver en la portada.
Pues nada, aquí seguimos hablando de innovación en un sentido más que amplio del tema porque el cambio y la innovación es un acto genuinamente humano y lo humano, a diferencia de lo divino, es plural y diverso.


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Jose Luís Montero, un Viajero Accidental

miércoles, 15 de junio de 2016

JAVIER C.








Javier C., cincuenta y tres años, casado, dos hijos, estudios universitarios y un master en una acreditada escuela de negocios. Comenzó trabajando en una mediana empresa especializada en componentes eléctricos; posteriormente se incorporó a una empresa tecnológica donde llegó a ser director de compras para finalmente incorporarse a la filial de una multinacional como alto directivo. Situación actual: oportunista o lo que es lo mismo, autónomo dependiente del trabajo que otros le ofrecen periódicamente. Perspectivas de futuro: apenas, salvo sobrevivir como buenamente se pueda hasta que llegue el momento de la jubilación si es que para entonces existe.
No es un caso cualquiera, simplemente es “el caso”, el paradigma socio laboral dominante en un país que parece una sala de cine en la que se proyecta Más dura será la caída, aquella pequeña joya protagonizada por Humphrey Bogart en los años cincuenta. Para quien no la recuerda o simplemente no había nacido, puedo resumir la trama argumental en pocas palabras: Eddie Willis (Humphrey Bogart), un veterano periodista es contratado como agente de prensa por Nick Benko (Rod Steiger), un hombre sin escrúpulos, para que consiga hacer famoso a Toro Moreno, un armario de boxeador, pero torpe y lento, a quien hacen creer que es gran campeón a base de amañar los combates.
La crisis, como acostumbran a llamar al descubrimiento del milagro amañado, ha dejado muchos Toro Moreno en este país, demasiados. Personas acorraladas contra las cuerdas, incapaces de asimilar tanto golpe inesperado, se retiran una y otra vez a su rincón donde escuchan a su promotor anunciar la resurrección de las almas a cambio de sacrificio y austeridad para acabar regresando al ring con la única esperanza de poder regresar al rincón al final del asalto.
En un pasado no muy lejano, existió en este país mucho talento en potencia, pero también surgieron cientos de Benkos que acabaron por ahogarlo en un océano que prometía ser azul y se torno rojo. También existieron muchos Willis, fervorosos creyentes del milagro que lo anunciaron aquí y allá en un derroche de encounters, happenings y toda suerte de “eventos” bautizados con siglas incomprensibles que nadie comprendía muy bien, pero que anunciaban modernidad y progreso.
Ahora ya sólo quedan los Toro Moreno deambulando como caminantes en un futuro cuya única certidumbre es la incertidumbre. Los Benkos hace tiempo que se esfumaron, algunos rezagados duermen su pillaje en alguna celda a la espera de disfrutarlo, otros entran y salen de los juzgados con paso apretado aunque no tanto como sus trajes, camisas y corbatas de a dos mil por pieza, mientras los Willis apenas ya si escriben de esto convertido en aquello, no porque no quieran, sino porque ya no creen en ello.

Aquella vieja película de Bogart se ha transformado en un disparate felliniano en el que nuestro Javier C. Se ha transformado por arte de magia en una Giullieta de los Espíritus, condenado a recordar lo que pudo ser y no fue.  

viernes, 16 de octubre de 2015

PASIÓN Y AMBICIÓN





Hace unos días, tuve la oportunidad y, sobre todo, el placer de charlar con alumnos de Formación Profesional del centro San Eutiquio de Gijón, un lugar privilegiado en lo alto de Cimadevilla desde cuyas aulas se domina toda la bahía.
Allí había personas de Formación Básica, Ciclos Medios y Superiores.  Sus caras eran un combinado de satisfacción por estudiar aquello que les gusta, indiferencia de quien se cree inmortal y superior y hasta desolación de quien descubre que aquel es su último refugio.
Cuando comenté que íbamos a hablar de “talento”, la gran mayoría expreso curiosidad, pero también perplejidad como si el talento perteneciera a otras esferas planetarias muy alejadas de la humilde Formación Profesional. Quizás por ello, mi primera y rotunda afirmación fue: “todos los que estamos hoy aquí poseemos un increíble potencial de talento aunque también es cierto que algunos de vosotros nunca llegareis a descubrirlo”.
No se me ocurrió mejor símil para explicar en qué consiste el talento que recurrir a una receta culinaria y, como no podía ser de otra forma estando en Asturias, presente el secreto del “cachopo de talento”:

·      20% de Conocimientos
·      30% de Aptitud
·      50% de Actitud

Hablar de actitud es como citar el Santo Grial, se supone qué, pero nunca se llega a saber ni dónde, ni cómo por lo que decidí ser claro y conciso: “el talento no es otra cosa que pasión aderezada con ciertos toques de conocimientos y una correcta aptitud”.
Es importante “saber”, aún más “saber cómo”, pero al final lo único que cuenta es “querer hacer”.
Querer hacer es un sinónimo de pasión y tiene otros más: querer hacer más, querer superarse, querer ser mejor y, sobre todo, querer ser feliz.
Hablar de felicidad a chavales que están a punto de enfrentarse a la dura realidad del mercado laboral es un ejercicio de convicción y peligrosa sinceridad, pero quien suscribe no ha conocido otra formula en la vida y no me ha ido tan mal.
“Para ser feliz hay que tener mazo pasta”, comentó alguien desde las últimas filas, como no podía ser de otra manera…
“El dinero sirve para no pensar en el dinero”, contesté y añadí: “pero recuerda que quien sólo trabaja por dinero siempre estará condenado a trabajar por obligación. Todo el mundo trabaja por algo, pero no sólo necesariamente por dinero”.
Y, todo ello, me llevó a la siguiente estación: ambición.
Pasión y ambición, los dos componentes esenciales del talento.
La ambición siempre ha estado mal vista en una sociedad con profundas raíces religiosas, pero como ocurre con el colesterol, la ambición presenta dos caras. La ambición desmedida es tan mala en Cangas de Narcea como en Honolulu, pero hablamos de la ambición como desencadenante de crecimiento y desarrollo personal. La pasión es el motor y la ambición el combustible que lo alimenta.

“Buscar aquello que os haga sentir bien y cuando lo encontréis, poner pasión y ambición, sólo así descubriréis vuestro talento”, este fue mi consejo.

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